
Fotografía de Francesca Leiva
Novela: El barrio de los tulipanes azules - publicada en idioma aleman bajo el título Ein Stadtviertel genannt Chicago Chico
LUNAHUANA (De la novela Chicago Chico, el barrio de los tulipanes azules)
Los árboles crecían uno tras otro, entre matorrales; ramales enroscados fuertemente a ellos, como si aquella tarde la naturaleza se encontrase en lucha, o si los viñeros asustados por algo extraño hueyesen hacia éstos formando extrañas figuras; haciendose cautiverios naturales. Los pasos inseguros de Cholo presionaron hojas secas que cubrían el camino de herradura. El olor a camote horneado, a queso fresco le abrió el apetito. Siguió el trecho en dirección al río. El humo que de vez en cuando se filtraba por las ramas hizo que él no se sintiera sólo, al contrario, que alguién cocinaba por allí, anhelando escuchar voz de gente. Le sobresaltaba los ruidos de animales que pasteaban por el camino, y los rayos del sol que lograban filtrarse por las ramas tupidas de aquello árboles. Por fin llegó al extremo del viejo puente hecho de sogas y troncos que colgaba sobre el río Lunahuaná, que lo recibió violento y ensordecedor: "¿Y si el agua del río me lleva?", asomó su cabecita desde lo alto, intentando adivinar que era lo que hacía tanto ruido en las profundidades del cañón y del río. Deseó que alguien ya lo esperase al otro extremo del puente. No pudo divisar a nadie, sólo un viejo burro que se movía nervioso picoteado por un guardacaballo. El puente, que colgaba temporadas infinita, se movió como si alguien lo estuviese cruzando ese mismo instante, causándole temor. Dominándose se adelantó a éste aferrándose a una de las sogas. El ensordecedor ruido se apoderó de su cuerpo, obligándolo a celerar el paso, pero una rigidéz se había hecho de él traicionándole la voluntad; sin conocer la muerte la sintió cercana, se obligó dar unos saltitos hacia el otro extremo del puente. De pronto un pajarraco le rozó la cabeza jugándole una pesada broma, quizás adivinando sus temores. Al llegar al otro extremo y pisando tierra firme sintió un tremendo alivio recorrerle el cuerpo entero.
- ¡Hey, Cholito! – Se escuchó una voz femenina conocida salir de los cañaverales. Era María, su prima. Cholo no supo si llorar del susto, saltar de alegría, o echarse a correr de pánico. María lo alcanzó muerta de risa, la que se escuchó por todo el cañón, en coro, en mil voces, eco puro, confundiéndose con el ruido del río.
- Por que te pones como loquito. Soy yo – dijo tomándolo por uno de los brazos. – A que temes tanto, soy yo, le repitió. Abrazándolo tiernamente, confesándole su presencia femenina. Cholo sin saber que decir dominado por el miedo que le ajustaba el cuerpo, dificultándole la respiración, se abrazó a ella, sintiendo el cuerpo caliente de su prima que se pegó al suyo. Cholo se aferró más a éste para sentirlo mejor. Ambos se echaron a caminar introduciéndose por los cañaverales. Apenas hablaron hasta llegar a una de las chacras.
- Te quedas conmigo Cholito, me ayudas un poco y después nos vamos a casa, ¿estás de acuerdo?, le preguntó todavía con la sonrisa entre labios adivinando el temor que éste tenía a la soledad del campo. Su padre lo había traido de la ciudad para recuperarse de la tos que le atacaba. Cholo apenas hizo un movimiento afirmativo con la cabeza y sin separarse de ella la siguió.
La tarde la pasaron juntos. Una que otra vez el cuerpo fuerte de su prima se eregía en medio de la chacra para hacerle uno que otro comentario, para acercársele y besarlo: en la mejilla o en la frente. ¿Cuántas veces había alcanzado a notarle la voluminosidad y regalo de la naturaleza que eran sus pechos bronceados por el sol?.
María se había sentado al pie de uno de los árboles. En la sombra resaltaron sus ojos negros aceituna, dominados por un intenso brillo. Allí estaba su prima, sin zapatos, de movimientos felinos y coquetos. Expuesta al sol y a la sombra. "Que valiente era la María, correr sin zapatos", pensó por unos instantes, sin dejar de observarla, como recompensa al miedo.
- ¿Tus ojitos me quieren decir algo cholito?, preguntó sorprendiendo a éste, que no atinó a contestar, ni a moverse, descubierto lo que en su cabecita le inquietaba, que él era chiquito pero sapo, como acostumbraban decirle sus hermanos en Chicago. - ¿Quieres queso?, le preguntó nuevamente extendiéndole un trozo, ¿camote también?,
Cholo sin quitarle la mirada extendió la mano.
- Te me quedas hasta que terminemos la cosecha, determinó María.
- Sí, respondió éste, queriéndola más y llevándose el queso a los labios.
De pronto el cuerpo de María se puso de pie y echose a correr trás unos pajarracos que se habían posado sobre una canasta llena de uvas.
- ¡Fuera, carijos!, ¡Fuera! Corriendo trás éstos y tirando una que otra piedra, María gritaba enfurecida.
Cholo también corrió tras ellos.
Ya al atardecer terminaron de llenar las canastas de uvas emprendiendo camino al río. Apenas cruzaron palabras duranmte el recorrido. Al poco rato salieron de los cañaverales dándose con el puente. María dijo algo que Cholo no alcanzó escuchar ya que el ruido que provenía del río era más fuerte que sus voces. María se llevó una canasta a la espalda y se dirigió al puente. Al poco rato ésta le hacía señas desde el otro extremo invitándolo a cruzarlo, pero Cholo quietecito, paradito allí, sólo atinaba observarla. María volvió una y otra vez llevándose las canastas de uva borgoña, intentando a que éste la siguiera, pero era en vano.
Con la mirada puesta en ella, Cholo empezó a cruzarlo. Sintió gran alivio al alcanzar el otro extremo. María lo tomó de una mano llevándoselo a sus pechos.
- Ya ves, no pasó nada. No debes tener miedo, te me puedes caer y te me ahogas. Ambos se perdieron por los árboles en dirección a casa.
Parado delante de la cocina de adobes y barro, miraba fijamente arder la leña y hornear camotes. Al otro extremo de la habitación sentado en una vieja y larga banca, el tío José murmuraba, no sabía que cosas, costumbre que tenía desde los setenta años. Sólo la difunta, su tía, había llegado a los ochenta; escuchó decir muchas veces a María. El viejo se fijo en él. Pero para Cholo, María era la única persona que significaba algo, tal vez por que le había mirado los pechos.
- ¿Te quedas Cholito?, preguntó el viejo rogándole. Sus labios le temblaban de años sin poder dominarlos. Cholo sin contestar, siguió la vigilancia ante el horno, esperando poder sacar los camotes.
- ¡Quédate un tiempito!, Te va' hace bien la salu'. El viejo le siguió hablando como si éste lo estuviese escuchando. Cholo corrió hacia la mesa con un gran camote que le quemaba las manos.
- ¿Queman, no?, murmuró el viejo con una leve sonrisa que se desdibujaba en sus labios. – La María te hará humitas dulces pal' domingo, te va a gustar. - ¿Quieres un pedazo de queso?, insistió elevando su pesado cuerpo y dirigiéndose al horno que despedía una pequeña humareda formando una gran silueta en la habitación. Al poco rato volvió el viejo con un trozo de queso envuelto en hojas de maíz y lo puso sobre la mesa. Quita el hambre niño, afirmó. Cholo no escuchaba ya .
Del niño aquél (Hamburgo 1974)
Se acercó al barril de agua
y en el contempló el reflejo de la luna
Esa noche entró a casa
las sombras producian temor en él
El desayuno
era un pocillo de café ralo, camote y queso,
desayunó a solas
Al final había un puente colgante de maderas y sogas
Nunca cruzaba el rio solo, tenía temor a que
el puente se desprendiese, caer y ahogarse
Las tardes eran tristes,
la única luz que se encendió al anochecer
fueron dos viejas velas
No demoró mucho en acostarse
al quedar dormido soñó que era muy pequeñito
Niño Coco (Canción 1998)
La casa del viejo José, de adobes, esteras y grandes hojas secas se ocultaba en un rincón de la noche frente a una acequia que patos cruzaban de un extremo al otro. Sólo la luz que despedía una vieja vela al interior de la casa iluminaba el el frente de la casa través de la pequeña y única ventana. A lado de la puerta, tirado, haciendo de banca común, un viejo árbol se extendía a lo largo. Allí sentados se escuchaba la voz cansada del viejo José y la fuerte de la María. Cholo en la cocina no pudo soportar las sombras que producían la llama de la vela, y menos que éstas se movieran tanto. Presentia alguien estaba ese instante en la habitación, un extraño viento le paralizo el cuerpo, empujándolo a correr hacia la puerta.
- ¡Ven Cholito! ¡Siéntate a mi lado!, la voz de María se escuchó en la oscuridad, adivinando su miedo. Cholo se quedó largo rato en los brazos de maría pegado a su cuerpo joven escuchando el latir de su corazón, y lo que el viejo narraba sobre las frutas, el viejo árbol, las costumbres del pueblo, el pasado, como si éste estuviese presente como adivinándo que pronto moriría, y que antes que ésto ocurriese, tanto la María como Cholo deberían saberlo todo, tal vez su necesidad de seguir hablando en la oscuridad. Cholo la miraba fijamente. La luna apareció acompañada de mil estrellas, iluminando el rostro del viejo tío; éste seguía moviendo los brazos como si estuviese hablando con otra persona que Cholo no alcanzaba distinguir.
Los barriles llenos de agua aparecieron a la orilla de la acequia, un pato saltó de ésta acompañado por un coro de grillos. Al otro extremo se podía ver lucecitas que salían de las casuchas de otros parientes que Cholo no había podido conocer, aunque en una procesión María se los había mostrado; e incluso dichos sus nombres. Cholo se acercó a uno de los barriles; superando su temor a la oscuridad. En éstos pudo contemplar el reflejo de la luna. Metió la mano en el agua tratando frustuosamente de agarrarla, aunque ésta siguiese allí, quietecita.
- ¡Hey Cholito!, ¡Ven pa' 'ca! ¡Sientate aquicito! ¿Que haces allí solito?, repitió María varias veces.
Cholo se acercó a ésta metiéndose entre sus faldas con las manos todavía húmedas, se acurrucó, pegadito a los pechos de ella, tranquilito.
- Te vienes a mi cama, le susurró María al oído, como si esto fuese un cómplice secreto compartido por los dos. Un regocijo inocente y de sapo adelantado se poderó de Cholo. La María le gustaba y cuando ésta se lo llevaba a la cama, mucho más pronto se le quitaba el temor a las sombras, aunque domine oscuridad y hablaran las sombras.
- El domingo nos vamos a la procesión del Señor, comentó María mirando al viejo que seguía absorbido en el tiempo, en la oscuridad de la noche, en el brillo de la muerte tras su mirada, con el deseo de seguir viviendo que se emposa en un movimiento lento de extremidades.
Cholo hizo gesto afirmativo, también de querer llevar la vela en las manos y mirar al Cristo crucificado y sangrante de Lunahuaná, "pobrecito", pensó. Se pegó a los pechos de María.
- Pronto le recogerá tu padre, sería bueno que el Cholito aprenda algo antes de volver a la ciudad – Comentó el viejo, terminando el aire respirado con dificultad. – El trabajo le quitará el miedo, le acostumbrará a burros y mulas, al queso y a la cancha. Allá en la ciudad lo miman mucho, aquí se hará hombrecito pa' que le crezcan duros los huecitos – terminó el viejo. La noche ranscurrió lenta y tranquila hasta el amanecer; que a lo lejos anunciaba el gallo.
Cholo se las pasó escogiendo papas, cambiándolas de saco en saco. Sus manitos se habían hecho ágiles, rápidas y duras anunciando sus primeros pasos al box, a las luchas del barrio, a la esquina de mayores y menores, hasta que una tarde le regalaron una vieja pelotita de tenis que lo acompañó por mucho tiempo endureciéndole sus puños., hasta hacerse uno más de la pandilla de la calle. Pasaron años hasta el día que peleó por primera vez, por los primeros centavos, por honor a su cuadra. Tomó una papa, la presionó intentando reventarla sin poder lograrlo.
El sol de la mañana y el cantar de María le hicieron entender que era domingo, día de procesión.
- ¿Mi tío viene al pueblo?, preguntó con voz bajita y tono curioso.
- Todos vamos al pueblo, pero primero vamos por los burros y después a la procesión – contestó María, mientras se hacía las trenzas.
En dirección a la carretera pasaron por un camino de sus cantos sobresalían altos muros marcando tiempos y distancias en su historia; como ruinoso momentos al pasado. María y Cholo salieron a la carretera a los pocos segundos de divizar al tío José que los esperaba montado en una mula dominando sus años, la recua de burros y mulas, y por último al polvo y al calor.
- ¡María! – gritó el viejo al verlos llegar – ¡cuidado que al niño me lo pisan los animales!. El viejo con fuete en mano arreaba la recua nerviosa. María se acercó a Cholo, intentó montarlo a una de las mulas, pero al poco rato desistió de su empeño.
- ¡Vamos Cholito! ¡Monta! ¡No tengas miedo! ¡Vamos monta! – repitió maría varias veces, tratando de covencerlo, pero al no lograrlo; desisitió dándose por vencida. Media molesta saltó sobre una de las mulas y se echó a arrearlos en dirección a la casa. Cholo paradito, pegado a uno de los muros no se atrevía a montar. El susuto que se daría segundos después lo recordaría siempre, aunque habría instantes en su vida en los que se sintiría libre de éste, untemor que lo acompañaría incluso en la Bombonera del Estadio Nacional, cada vez que tenía que boxear, o en las manifestaciones del centro de Lima, cuando los escolares protestaron por la subida del transporte, aunque en Alemania su experiencia sería diferente al participar en una manifestación en el centro de Hamburgo, recién llegado de Chicago. Los tres emprendieron camino. Cholo dominado por el temor a la recua se echó a correr adelantándose a ésta. Detrás de él, la María arreando, dando gritos.
- ¡Arre! ¡Arre!
- ¡Vamos recua!
Unos ladridos de perros se escuchó a lo lejos, la recua se puso nerviosa acelerando su trotar, cada vez más rápida. Cholo que corría sintió su casqueo cada vez más cercano. Un pánico se apoderó de su cuerpo obligándolo a huir como loquito por el camino, encasillado entre dos muros tan altos como el cielo, con ojos pálidos de mirada fija en busca de algo que lo sacara de la pesadilla y del peligro que creía cerca de él. Corrió hasta descubrir un forado en uno de los muros, y lanzándose y perdiéndose en éste, saltó del camino en busca de refugio. Allí paradito, con el corazón queriéndose salir, se ocultó de la recua desbocada. El tiempo y el miedo lo paralizaron, pero como que algo o alguien, y un grito mudo que se ahoga en su garganta lo empujasen al camino ya libre, decidió salir disparado de su refugio. Mientras corría un pánico se había hecho de su cerebro y de su corazón que palpitaba deseando reventar. llegó a la orilla de la acequía, a la que María saltando de la mula y corriendo hacia él, alcanzó. Cholo, pálido con la muerte desdibujada en el rostro llegó a su lado. María lo abrazó llevándoselo a sus fuertes pechos, cubriéndole de besos, y sintiéndose culpable. Ella trataba de calmarlo.
- ¡Carajo!, te dije que cuidaras al niño – gritaba el viejo que acababa también de desmontar de una mula sus acumulados años. ¡Mierda! – se volvió a escuchar su voz que retumbó por todo el lugar.
- ¡Cálmate! Ya pasó – trataba de tranquilizarlo, pero Cholo no dejaba de llorar.
Al atardecer, parados en el centro de la Plaza de Lunahuaná, estaban todos los pobladores del lugar, hombres, mujeres, vestidos de blanco, oscurecidos por el sol. También primos y tíos del otro lado de la acequia, allí, detenidos esperando al Cristo, tan bronceados como ellos, que saliera de la vieja capilla del pueblo. Esta conservaba todavía los agujeros en sus paredes, recordando la guerra del siglo pasado con los chilenos. El tiempo se había detenido en Lunahuaná. El Cristo salió al ponerse el sol y acercarse la noche, cuando olía a camote y leña. Cristo sobre los hombros de los campesinos, allí arriba, crucificado, les sonreía, con sus brazos flacos, abiertos, como deseando abrazar a todos. Cholo lo miraba desde uno de los costados de María. Los músicos del pueblo empezaron a tocar una marcha militar aprendida durante su servicio militar obligatorio, como si estuviesen en el cuartel. Marcharon por diferentes lugares, esperando su bendición para la cosecha. El día se había quedado atrás y la noche se había apoderado del pueblo, la luna alumbraba a los presentes. A Cholo le pareció el Cristo cada vez más estar vivo y ser grandote. Las trompetas sonaban desafinadas, los tambores monótonos y las voces de la gente lastimeras.
La procesión seguía al Cristo con botellas de cachina que pasaban de mano en mano calmando la sed infinita, dándose valor, y comunicando la diaria inquietud; rogando que el tronar del río Lunahuaná continuara y que la cosecha fuese abundante. Cholo aferrado a la mano de María los observaba, temeroso. Así, al caer la noche se volvió a la capilla, abriéndose ésta al paso de Cristo y los borrachos. Ya camino a casa, unos parientes los acompañaba murmurando cosas que Cholo no alcanzaba entender. De vez en cuando uno que otro borracho se acercó a la María, intentando hablarle, pero María muda no respondió, dándole jaloncitos a Cholo y poniéndolo delante de ella, buscando que éste tan pequeñito la protejiese. Llegaron a la orilla de la acequia; los borrachos volvieron hacia María comentando cosas, pero al ver lo inútil de sus intentos marcharon en dirección contraria.
María se echó a la cama y lo cubrió con sus brazos. Cholo sintió sus grandes pechos y su respirar tranquilo. Este se pegó más a María. A él no le había gustado que aquellos hombres le hablaran a ella durante el camino a casa; aunque estos fuesen primos y tíos. "¿Que habían querido de ella?", una y mil preguntas se hizo mientras la observaba dormir. "¿Y Cristo sufría mucho allí, en la cruz?". "¿Y la cara de triste que tenía?. Le daba temor y pena. María lo abrazó más entre despierta y dormida, ésto le agradó más, causándole cierta satisfacción a su interior.
Cholo tomó los huevos y se los llevó a la habitación contigua, allí colgaba el saco de su padre que acababa de llegar de la ciudad. Entró sin hacer ruido, se acercó al saco, metió los huevos en uno de los bolsillos y abandonó la habitación. Apareció por la cocina, en ésta María estaba sentada delante del horno, se colocó a su lado, en un tronco que servía de silla.
- Cuñado Vicente, ¿por qué no dejas al Cholito con nosotros un tiempito más? Así nos acompaña a mí y a la María. Ambos se entienden bien. Aquí lo queremos mucho, además que le haría bien tomar solcito. No está bien que los separemos – Dijo el tío José, con voz cansada.
Don Vicente, padre de Cholo, acababa de llegar de Chicago para llevárselo de vuelta a Lima. Traía puesto todavía el sombrero de paja que acababa de comprar en la plaza.
- Tiene que ir a la escuela, ya le toca, su madr lo espera, está preocupada por que no lo ve desde el año pasado – respondió Don Vicente sin quitar la mirada a la María.
- Aquí está bien, no le falta nada, sabes, tiene que aprender desde pequeño, me ayuda a la María, déjalo un tiempo más – rogó el viejo a su cuñado.
- ¡Imposible José! – afirmó Don Vicente – lo que si te puedo prometer, es traerlo las próximas vacaciones que tenga y dejártelo unos meses, además que el clima le hace le hace bien. Está creciendo y necesita mucho sol, tú sabes... la tos.
Cholo pegado a la María, escuchaba calladito. Esta lo observó apenada, deseando no separarse de éste. Lo abrazó, y presionó más a ella.
Convencido de lo imposible de su deseo, el viejo José articuló su última frase: - Bueno, si tiene que ir a la escuela ya seguro, es mejor para él... ¿no es cierto Cholito?- volviéndose para éste. Cholo no dijo nada, y María sentía mucho el tener que separarse de Cholo, pero él tenía que regresar a Lima, a Chicago Chico.
- Apenas empiecen las vacaciones, te recojo y vienes conmigo y jugamos en la chacra y en el río – comentó María esperanzada. Pero Cholo sólo tenía su casa en la cabeza, y ya no los escuchaba, sus pensamientos estaban con su mamá, con sus hermanos. Tenía grandes deseos de jugar en su casa, con su caballito de madera, que su padre le había hecho en las últimas navidades. Ese fin de semana, su padre, su tío José y la María se la pasaron conversando sobre las nuevas de la ciudad, hasta llegar el momento de partir a Lima. María terminó de arreglarle la maletita de madera. Ambos se abrazaron presintiendo ser ésta la última vez que se verían. María. conteniendo las lágrimas, lo besó tomándolo de la mano y llevándoselo a la puerta de la casa.
- Los acompaño hasta la carretera – dijo sin separarse de Cholo – La camioneta está por llegar – comentó resignada.
Cholo se acercó al viejo José y le dió un beso en la mejilla. Este le respondió dándole una palmadita en el hombro y aconsejándole dijo: - Te portas bien Cholito. Cholo lo miró, ésta sería la última vez que también lo vería. Ya que mientras vivió en Chicago apenas tomó noticia del viejo. Estando en Hamburgo le llegaría una carta anunciándole su muerte. María, dominándose se lo llevó en dirección a la carretera, tomando el camino de los ruinosos muros que conducían a ésta. Cholo tuvo la sensación que esta vez habían demorado una eternidad al llegar al pie de la carretera. Los trailers descendían lentos y pesados de la sierra rocosa y desértica, cubriéndoles de polvo. No pasó mucho tiempo divisar la vieja camioneta de madera Ford. Esta lo había traido a Lunahuaná unos meses atrás. La misma los regresaría a Chicago Chico, a Lima. Los dejaría justo frente a casa. María no pudo contener más sus lágrimas, abrazándolo emocionada, la puerta se abrió. María lo levantó y lo colocó ebn la butaca posterior. La camioneta partió en seguida. Cholo alcanzó ver a la María que le hacía señas de adiós y que cada vez se hacía más pequeñita. Un día de invierno en Hamburgo le llegó una carta de María, anunciándole su ingreso a los sublevados.